Veinte años después, la verdad nos alcanzó
El guanajuatense confesó lo que todos sabíamos pero no podíamos probar. Y en su cinismo, no solo se hundió él, también arrastró a todo el aparato que nos llamó chairos durante dos décadas.
Durante veinte años cargamos con el sambenito. Cada vez que alguien quería descalificar un argumento, bastaba con soltar el comodín de ¡Ay, otro pinche chairo huevón!. Nos llamaron perdedores, resentidos, nacos, ilusos y conspiranoicos. Nos dijeron que no sabíamos perder, que nos aferrábamos a teorías sin sustento, que la democracia había hablado y había que respetarla. Sin embargo, se dio un curioso movimiento de blogs opositores al fraude, aún con la duda legal de si lo hubo o no.
Hoy, el propio Vicente Fox Quesada —sí, el mismo que nos acusó de huevones— salió a decirlo con todas sus letras y sin empacho alguno, que él impuso a Felipe Calderón. Y no fue desliz, metáfora ni un se me chispoteó, fue una confesión pública, grabada, sin arrepentimiento y con esa estúpida sonrisa suya que confiaba en que el tiempo lo absuelve de todo. Veinte años diciéndonos chairos, perdedores y mediocres porque no teníamos las pruebas del fraude... hasta que él mismo nos hizo el regalo.
El alivio de saber que siempre tuvimos la razón
No voy a mentir, hay un alivio casi físico al escuchar a Fox soltar semejante confesión, el tipo de alivio que debe sentir alguien a quien acusaron de un robo durante años y, de pronto, el verdadero ladrón sale en la tele y en streaming a confesarlo. No es venganza ni triunfalismo. Es algo mucho más simple y mucho más profundo como la restitución de la propia credibilidad.
Quienes en 2006 apoyamos a Andrés Manuel López Obrador no estábamos locos ni mal informados y no éramos unos ilusos que no aceptaban los resultados. Quedó claro que teníamos sospechas fundadas, indicios e intuición cívica del olor a la podredumbre antes de verla. Y teníamos, sobre todo, la dignidad de exigir que se contara voto por voto. Eso no es perder, eso es creer en la democracia. En una lógica y sensata base, si los resultados de un recuento arrojaban que realmente Calderón había vencido, lo habríamos tenido que aceptar pero ellos se opusieron a que la verdad saliera a flote.
Lo que no fue democrático fue lo que vino después, el cierre de filas institucionales, la prisa por declarar presidente a Calderón antes de resolver una sola irregularidad, y sobre todo la campaña mediática para etiquetar a cualquiera que cuestionara el proceso como un loco conspiranoico.
Fox se puso solito en jaque
Lo más impresionante de la confesión no es solo lo que esta revela, sino quién la dice y cómo la dice. Vicente Fox, el presidente que prometió un gobierno de derechas pero con sensibilidad social y terminó entregando el país a los mismos de siempre y quien ahora sale a presumir su hazaña como si fuera un trofeo.
Y aquí viene lo mejor, el muy sinvergüenza se ríe. Se ríe de nosotros el muy cabrón, pero también se ríe de Felipe Calderón, a quien asegura haber impuesto. Se ríe de Elba Esther Gordillo, que le tejió la corona. Se ríe de los empresarios que pusieron el dinero. Se ríe de los medios que le ayudaron a vender la narrativa. Confesarlo ahora, veinte años después, con la impunidad de una esperada irrelevancia, es la forma más cínica de decir sí, lo hicimos, y nos salió bien. Pero el cinismo tiene un precio, y ese precio es que, al confesarlo, Fox acaba de quemar a todo el mundo que participó en aquel montaje. Lo que hace que, todo aquello, deje de ser una sospecha y se convierta en un testimonio de primera mano; innegable y auténtico.
Fox, en su desbordado afán de querer quemar a la izquierda mexicana, quemó el barco completo. Lo más interesante aún es que quemó y puso en jaque, y de manera inclemente, a Felipe Calderón, cuyo sexenio entero queda ahora bajo la sombra de la ilegitimidad y dejó de ser el presidente electo para convertirse en el presidente impuesto. Incluso Salinas de Gortari supo cometer ese delito de mejor manera.
Fox también quemó al PAN, que durante dos décadas se lavó las manos diciendo fueron cosas del pasado mientras nos señalaba a nosotros de resentidos. Quemó a los medios que construyeron la narrativa del chairo perdedor y que ahora tendrán que explicar por qué no investigaron lo que su propio protagonista estaba confesando. Quemó a los intelectuales orgánicos que escribieron columnas burlándose de nuestra obsesión con el fraude. En resumen, Fox no solo se puso en jaque porque en unas pocas frases le prendió fuego al tablero entero. Y eso, aunque él no se de cuenta, es un regalo para la memoria histórica de este país.
Luego, tuvo la ocurrencia —Fox, siendo Fox— de responderle a la Presidenta Claudia Sheinbaum diciéndole que vive en el pasado, la frase más cínica de todas para alguien que acaba de presumir su propia mierda; como si hablar del 2006 fuera una obsesión nuestra y no una consecuencia directa de lo que él mismo hizo y acaba de admitir. Sintió, Fox, que la historia empieza hoy y no tiene raíces profundas en las trampas de ayer.
Pero aquí está la paradoja, el que vive en el pasado es él. Es él quien, veinte años después, sigue presumiendo de su jugada y no puede soltar el poder que ejerció. Es él quien cree que confesar un fraude es una anécdota simpática y no una admisión de culpa. Nosotros no vivimos en el pasado, estamos recordando lo que él no quiere que recordemos, o bien, lo que su senilidad le hace apreciar con memoria selectiva.
Y ojo, porque esto no se trata de revancha. Se trata de algo mucho más importante como la certeza de que la historia se escriba como fue y de que los jóvenes que hoy tienen la edad que teníamos nosotros en 2006 sepan que no fueron unos locos los que salieron a la calle. De que blogs como este nacieron en aquella trinchera sin ser voz de resentidos, sino de ciudadanos que veíamos lo que otros fingían no ver.
La integridad recuperada
Lo que Fox nos devolvió hoy no es una victoria política, es algo más valioso y se llama integridad. La certeza de que no estábamos equivocados. La tranquilidad de saber que, aunque tardó dos décadas, la verdad terminó abriéndose paso —e irónicamente no fue por un fallo judicial ni por una investigación periodística, sino por la boca del propio responsable. Lo que son las cosas, ¿no?
Y sí, hay que decirlo con todas sus letras, los que perdimos algo en 2006 no fuimos nosotros. Los que perdieron fueron ellos, que ahora tendrán que cargar con la confesión de su propio líder por el resto de la historia.
La Grilla sin Partido, y muchos otros blogs, nacieron en 2006 como un grito de indignación y resistencia al engaño y a la estafa. Hoy, veinte años después, ese grito se convierte en un suspiro de alivio. Y no es porque hayamos ganado algo —aquí nunca se trató de ganar—, sino porque por fin podemos decir, sin que nadie nos llame chairos, que nosotros siempre tuvimos razón.
Y eso, querido lector, no tiene precio.
Es cuanto
Messy Blues





