Las razones tras la decapitación simbólica de Felipe Calderón
En 2006 yo ni siquiera era izquierdista, de hecho yo había sido foxista en el 2000, pero en el inicio de las campañas electorales del 2006 me sentía defraudado por Fox, además de que Acción Nacional me había hecho una jugada digna de bastardos que, hasta el día de hoy, no les perdono. Pero el punto esencial fue que en esos días de hace veinte años yo me incliné por Andrés Manuel López Obrador por simpatía personal, ya que al tabasqueño lo conocía desde 1989, a través de Socorro Díaz. En sí, yo estaba realmente apático en todo sentido respecto a la política, debido a la gran decepción que menciono arriba.
A Andrés Manuel no lo conocía mucho en cuanto a carrera política pero sí como Jefe de Gobierno de la Ciudad de México (en esos días Distrito Federal) y, si bien ciertas colonias antaño vistosas lucían con un tinte de excesos milennial como graffitis y tiranía LGBT (disculpen si lo digo de esa manera), el manejo de la economía y la infraestructura de la capital del país estaba siendo bastante aceptable.
Pero todos sabemos que la política es el arte de hacerse ricos tragando mierda sin hacer gestos y por supuesto que la izquierda e Andrés Manuel no contaba con la aprobación del poder detrás del PAN y del PRI como para permitir que el político de ideas rústicamente colectivistas llegara al poder y echara a perder 77 años de manipulación de gobierno. Y este es el punto de la decepción que muchos sentíamos en ese momento, porque seis años atrás habíamos votado por Fox precisamente para quitarnos la dictadura del PRI de encima.
Lejos de erradicar los males del PRI, Fox puso en práctica aquello de: Si no puedes con el enemigo, únete a él.
Pero sucedió lo impensable. Un desconocido de poco carisma y apariencia petulante (y cómica) ganó la presidencia en un México que ya daba por hecho que el también confiado López Obrador ganaría la contienda. Técnica y legalmente, hasta el día de hoy, es difícil (si no es que imposible) comprobar que hubo un fraude pero, en la lupa del sentido común y la inteligencia aplicada, seguro que lo hubo.
Fueron las acciones de entrada al principio del gobierno de Calderón lo que dejó aún más evidencias para quienes sabíamos leer entre líneas, como ganarse la simpatía del ejército y los cuerpos policiacos al mejorar sus salarios y prestaciones, previniendo un eventual golpe de estado. La cooptación de los medios de comunicación (con la servil ayuda de Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego) y el espionaje a líderes de opinión opuestos a él y al panismo en sí (así como la persecución política de muchos más), fue lo que distinguió de manera política social al michoacano.
En su afán por legitimarse, su carta más ruda fue declarar la Guerra al Narco, lo que, lejos de pacificar al país, lo envolvió en el torbellino de violencia que aún hoy seguimos viviendo. Por supuesto, Calderón no le declaró la guerra a todo el narco, sino al narco contrario a su bando. Algo que quedó fuera de la ilustración en el mensaje.
La otra decisión fue querer decapitar de una vez por todas a la hidra que podría amenazar dicho poder: el Sindicato Mexicano de los Electricistas. La Compañía de Luz y Fuerza del Centro era el referente más poderoso en cuanto a peligro inminente para él y el panismo en el poder y no era exactamente por los ejecutivos corruptos dentro de la empresa (que se la vendieron —políticamente hablando— por un puñado de pesos) sino porque los trabajadores podrían iniciar una revuelta con golpeteos constantes, amparados por su sindicato.
Sabía, Calderón, que entre el SME y el gobierno de Fox ya había cuentas laborales pendientes, pero más interesante resultaba la creación de las líneas de fibra óptica (en ese entonces el primer sistema de su tipo en el mundo) derivadas del ingenio de los becarios haciendo servicio social en Luz y fuerza del Centro. Calderón demostró dos cosas, su habilidad siniestra para manejar a sus adversarios políticos y un mensaje muy claro de que le importaba un carajo quién pudiera enojarse con él. Su necesidad de legitimación era para no dejar una invitación abierta a la sublevación social.
Lo que no calculó Calderón fue que, con eso, creó un enemigo que, en esos momentos indefenso, crecería lo suficiente para, primero castigar al PAN en 2012, y eventualmente alinearse a las huestes del pueblo resentido, muy similar (no completamente igual, acepto) al nacimiento del movimiento bolchevique de cien años atrás en la Rusia Zarista. Enemigo socialmente fuerte y políticamente poderoso que en ese entonces tenía un promedio de treinta a cuarenta con vástagos menores a los diez, y ahora cuenta con un promedio de cincuenta a sesenta y esos vástagos están entre los veintes y treintas.
Tras haber crecido en una economía destruida por Calderón, esa generación de millones de hijos de los ex-electricistas, muestra una buena parte de los votantes del partido oficial y desde luego no iban a perder la oportunidad de protestar contra el ex-presidente Calderón en su participación en el evento derechista llamado Foro América Libre 2026 y dejarle claro el agravio que, como el 2 de octubre, ya no se olvida. En este caso con razones de peso.
Pero esto merece un análisis más frío y profundo.
Hay eventos que no se explican por la coyuntura del día, sino por el peso acumulado de los años, como es el caso en cuestión. Lo sucedido el pasado 30 de septiembre con la protesta y la representación simbólica de la decapitación de Felipe Calderón, no es un hecho aislado ni una ocurrencia espontánea sino la manifestación de un volcán político que llevaba casi dos décadas en erupción silenciosa.
Para entender el acto —grotesco para algunos, catártico para otros— hay que alejarse de los colores y el ruido partidista e interpretar el mensaje de fondo que la izquierda social (no necesariamente la institucional ni la burocrática) le envía al país y al mundo.
2006 no ha cerrado la herida que no cicatrizó
Para un sector amplio de la sociedad mexicana, la elección presidencial de 2006 no fue simplemente una derrota electoral, sino el momento en que se fracturó la de por sí frágil idea de democracia. La percepción de fraude y la subsecuente crisis de legitimidad dejaron un agravio social que ni el paso del tiempo ni la alternancia del 2018 pudieron borrar por completo. La decapitación simbólica representa el juzgamiento popular que nunca ocurrió en los tribunales; es la condena a la figura que encarnó el inicio de esa ruptura.
La violencia como herencia; el costo de la Guerra contra el Narco
Más allá del conflicto electoral, el legado de Calderón está marcado por la citada estrategia de seguridad iniciada en su sexenio. El despliegue militar y la espiral de violencia que detonó dejaron decenas de miles de muertos, desaparecidos y familias económica y moralmente fracturadas. Para la izquierda social, este performance no es sobre la figura individual de Calderón, sino una protesta contra la impunidad histórica. La guillotina de cartón simboliza la exigencia de rendición de cuentas por las consecuencias humanas de aquella decisión histórica.
El mensaje al exterior, la izquierda de abajo no olvida
A nivel internacional, suele asumirse que la izquierda mexicana se reduce a la gestión gubernamental de la 4T. Sin embargo, actos como este recuerdan que existe una izquierda social autónoma, orgánica y movilizada, cuyos reclamos trascienden las agendas de los partidos y las mañaneras. El mensaje hacia afuera es claro, la memoria colectiva en México no la escriben solo las instituciones; la escriben la calle, el hambre y la necesidad de supervivencia y, en ese tenor, la factura del calderonismo sigue abierta.
Entre la catarsis y la descomposición del debate
Desde la independencia crítica, cabe preguntarnos, ¿ayuda la radicalización del lenguaje simbólico a construir justicia, o solo profundiza la polarización? Lo sucedido con la estatua de Calderón es muy similar al vandalismo ridículo de las feministas que quieren tirar el puto ángel, con la diferencia de que los extrabajadores de Luz y fuerza del Centro sí tienen razón. El punto sigue siendo, no obstante, el odio que orilla a la destrucción, mismo que deja un claro mensaje para esa ultraderecha que, en 2006, apoyó con todo su poder legal y clandestino para sentar al gris y pequeño Felipe Calderón en la presidencia, pero que sigue siendo odio y sigue siendo destructivo.
La efigie decapitada es un síntoma de dolor y rabia acumulados durante 19 años. Pretender reducirlo a vandalismo o fanatismo es ignorar las causas profundas de la indignación social. Sin embargo, el reto de la izquierda con vocación democrática sigue siendo transformar la catarsis de la plaza pública en instituciones sólidas, justicia real y memoria histórica, para que la rendición de cuentas deje de ser una efigie de cartón y se convierta en un verdadero Estado de derecho.
El relevo generacional y la pedagogía de la memoria
Muchas de las personas que hoy participan en estas movilizaciones o que consumen esta simbología eran, como ya dije arriba, apenas niños en 2006. Que esta narrativa siga viva 19 años después demuestra que no se trata solamente del resentimiento de quienes vivieron la elección, sino de una transmisión oral, cultural y de vivencias con el agravio. La izquierda social ha logrado articular 2006 y la violencia de la Guerra contra el Narco como la causa origen del México en el que crecieron. Entender esto permite ver que el fenómeno no es un exabrupto de nostalgia, sino la identidad viva de una nueva generación politizada en la protesta.
En julio de 2006 yo estaba muy enojado por el fraude. Viví veinte años con ese coraje atravesado y cada vez que veía a Felipe Calderón en fotos y/o videos le mentaba la madre desde lo más profundo, y no era, ni he sido, el único y eso quedó claro el pasado 30 de septiembre de 2026. La izquierda maduró y se hizo del poder pero Calderón y su partido no esperaban que ese agravio que dejaron implícito hace veinte años viniera a plantarles cara.
En lo personal creo que ese alarde de fuerza y violencia es comparable al vandalismo de las feministas de red social que salen a destruir sin una propuesta constructiva, pero la gran diferencia (una que ni yo como ciudadano que paga impuestos puede negar) es que los que en 2006 fueron despojados de su fuente de ingresos por una venganza política. La estatua cercenada es un símbolo y un testimonio de un poder que aplastó la voluntad del pueblo en esos días y, hoy, ese pueblo ha salido del cascarón para aplastarlo a él.
La caída y destrucción del monumento (por cierto creado por el propio Calderón) es una clara evidencia de que la mayoría de mexicanos no va a perdonar que el panismo apoyado por el priísmo haya hecho de México un país dependiente del mercado informal y las divisas provenientes de los Estados Unidos.
Es, la decapitación simbólica, un avance de lo que está por venir en cuanto a política y, de manera categórica, deja establecido que, a partir de 2018, será la mayoría de ciudadanos quienes decidamos el tipo de gobierno que vamos a tener, y no son exactamente la mediocre derecha del PRI ni la abierta ultraderecha del PAN.
Quedó claro, más que claro, que Felipe Calderón no es exactamente bien recordado.
Es cuanto
Messy Blues
